TEMAS ESPECIALES
Mejora la situación laboral de las mujeres, pero aún persisten fuertes desigualdades respecto a los hombres

En esta sección se analiza la situación laboral de las mujeres en América Latina en los noventa, en comparación con la de los hombres. En particular, se busca determinar el nivel y la evolución de las diferencias observadas entre la fuerza de trabajo masculina y femenina, centrándose en tres aspectos básicos referidos a sus oportunidades de empleo y ocupación: los diferenciales en materia de inserción laboral (tasas de participación, desempleo y segmentación del mercado de trabajo); la brecha de ingreso; y el diferencial en cuanto a la cobertura de la protección social. Los datos utilizados se refieren a las cifras promedio ponderado de doce países, con una fuerza de trabajo que representa el 91% de la PEA total urbana de América Latina.

Las principales conclusiones de este análisis son las siguientes:

Existen fuertes desigualdades entre hombres y mujeres en el mercado de trabajo en América Latina

* Las tasas de participación de las mujeres en la actividad económica son bastante inferiores a las observadas en los países desarrollados, en especial las de las mujeres más pobres y con menores niveles de escolaridad. En 1998, la tasa de participación femenina en América Latina alcanza a 44.7%, en tanto que en Estados Unidos y Canadá es cercana al 60%.

* Sin embargo, las tasas de desempleo de las mujeres de la región son significativamente más elevadas que las de los hombres (en 1998 las superan en casi un 50%), en especial las de aquellas provenientes de los hogares de más bajos ingresos.

* Las mujeres están sobrerepresentadas en las ocupaciones informales, y la calidad del empleo al interior de esas ocupaciones es inferior a la de los hombres. La incidencia de las ocupaciones informales en el total del empleo femenino crece en los noventa, y en 1998 era un 12% superior a la de los hombres. Su presencia en la microempresa (segmento caracterizado por contar con los empleos de mejor calidad del sector informal) es menor que la de hombres; además, el peso del servicio doméstico en el total de la ocupación femenina es elevado y sigue creciendo.

* Las mujeres ganan en promedio el 64% de lo que ganan los hombres. La brecha de ingresos es más acentuada entre las ocupadas en el sector informal (que perciben el equivalente al 52% de los ingresos masculinos) y las que tienen altos niveles de escolaridad. Los diferenciales salariales entre las mujeres también son más acentuados que los observados para los hombres en los distintos segmentos del empleo: las ocupadas en el sector informal ganan menos de la mitad (44%) que las que trabajan en el sector formal, mientras que este porcentaje alcanza a 65% en el caso de los hombres.

* Las mujeres necesitan un nivel de escolaridad significativamente superior al de los hombres para acceder a las mismas oportunidades de empleo: cuatro años más para obtener el mismo ingreso y dos años más en promedio para tener oportunidades similares de acceder a una ocupación formal.

* La cobertura promedio de la protección social de las mujeres, que es un 5% menor que la de los hombres, ha disminuido en la década. Esa diferencia es del 10% en el sector informal. Por el contrario, el grado de protección de las mujeres es un 5% superior al de los hombres en el sector formal.

Algunas desigualdades entre hombres y mujeres se reducen en los noventa

* Se reduce la diferencia entre las tasas de participación de hombres y mujeres, así como entre las de las mujeres pobres y las demás. La tasa de participación de las mujeres equivalía a la mitad de la tasa de participación de los hombres en 1990. Sin embargo, esa proporción se eleva a un 60% en 1998, registrándose un aumento más acentuado entre los sectores de bajos ingresos.

* Aumentan las oportunidades de empleo para las mujeres en comparación con los hombres y también mejoran sus posibilidades de acceso a ocupaciones formales. La tasa de ocupación femenina creció más que la masculina. A su vez, el proceso de informalización del empleo durante los años noventa fue más acentuado para los hombres que para las mujeres (de cada 100 nuevos empleos masculinos, 70 fueron generados en el sector informal, en tanto que esa cifra alcanza a 54 en el caso de las mujeres).

* Se reduce moderadamente la diferencia de ingresos: 4.3 puntos de por ciento en la década. Esa reducción fue más acentuada en las ocupaciones informales, en especial en la microempresa y el servicio doméstico.

* Se reduce moderadamente la brecha de protección social, especialmente en el sector informal, donde ésta era más acentuada en 1990. El porcentaje de asalariados masculinos que cotiza en algún sistema de seguridad social disminuye 5.2 puntos de por ciento entre 1990 y 1998, mientras que en el caso de las mujeres esa reducción fue de 4.8 puntos de por ciento.

Sin embargo, las desigualdades entre hombres y mujeres siguen siendo grandes

* La tasa de desempleo promedio de las mujeres prácticamente se duplica en los noventa, alcanzando en 1998 a 11.2% promedio y a casi 20% entre las más pobres.También aumenta la brecha de desempleo entre los sexos, al contrario de lo que ocurre con la tasa de participación.

* No mejora la calidad del empleo de las mujeres en comparación con los hombres al interior del sector informal: la tasa de crecimiento de las ocupadas en la microempresa fue inferior a la observada para los hombres. Además, sigue aumentando la incidencia del servicio doméstico femenino, ocupación informal con bajos niveles de ingreso y de protección social.

* El crecimiento de los niveles de escolaridad de las mujeres no les garantiza más y mejores empleos en comparación con los hombres. A pesar de que el nivel educacional de las mujeres ocupadas ha aumentado significativamente durante la década y de que tienen una escolaridad superior a la de los hombres, ello no les garantiza el acceso a mejores empleos. Ellas necesitan una cantidad de años de estudio significativamente superior para acceder a las mismas oportunidades ocupacionales que los hombres.

* En situación de especial desprotección están las ocupadas en el servicio doméstico. Ellas representan en 1998 el 16% del empleo total de las mujeres en América Latina y explican el 22% de los nuevos empleos generados por mujeres en la década, sin embargo tienen los niveles más bajos de salarios y de protección social.


A. Las brechas en la inserción laboral: disminuye la diferencia entre las tasas de participación de hombres y mujeres y aumenta la diferencia en las tasas de desempleo

1. Tasa de participación: rápida incorporación de las mujeres al mercado de trabajo, en especial de las más pobres

Confirmando la tendencia histórica de las tres últimas décadas, la tasa de participación femenina aumentó significativamente en los noventa (a un ritmo similar al observado durante los ochenta), mientras que la masculina se estancó. Como resultado de esa evolución, en 1998 las mujeres representaban casi el 40% de la PEA urbana de América Latina y los hombres un poco más de 60%. Su tasa de participación laboral alcanza a 44.7% (39% en 1990), en tanto que la de los hombres es de 74.6% (similar a la de 1990).

En cuanto a la edad, en los noventa se acentuó la tendencia ya observada en los ochenta: los mayores aumentos de la participación femenina se produjeron en los grupos etarios de 25 a 34 años y de 35 a 44 años. Además, la participación de las mujeres casadas aumentó más que la de las solteras. Ello significa que una proporción cada vez mayor de las mujeres que entran al mercado de trabajo en las zonas urbanas de América Latina no se retiran del mismo cuando tienen hijos y se mantienen económicamente activas durante todo el período reproductivo.

Por otra parte, la tasa de participación laboral de las mujeres difiere según el nivel educativo y de ingreso. La participación laboral es baja entre las que tienen menos años de estudio y las que pertenecen a hogares de menores ingresos. Por el contrario, la tasa de participación es elevada entre aquellas que tienen un mayor nivel educativo y también entre las que pertenecen a los hogares de más altos ingresos. De la misma forma en que se reconoce la importancia del aporte de los ingresos laborales de las mujeres de más bajos ingresos en la superación de la pobreza de sus hogares, también es conocido que sus tasas de participación laboral son significativamente inferiores a las observadas en los grupos de ingreso medio y alto. Las mujeres pobres son las que encuentran mayores dificultades para insertarse en el mercado laboral como consecuencia, entre otros factores, de enfrentar mayores obstáculos para delegar las responsabilidades domésticas, en particular el cuidado de los hijos.

Para examinar la variación de la tasa de participación de las mujeres según el nivel de ingreso de sus hogares, se consideró el ingreso de la familia de origen de los individuos. Los hogares fueron agrupados en tres categorías: el grupo de bajos ingresos (que corresponde al primer y segundo quintil y que representa el 33% de la PEA femenina urbana en América Latina en 1998), el de ingresos medios (tercer y cuarto quintil, que representa el 44% de la PEA femenina urbana en América Latina) y el grupo de ingresos altos (quinto quintil, que incluye al 23% de la PEA femenina urbana en América Latina).

Los datos confirman las tendencias mencionadas anteriormente. En 1998, la tasa de participación de las mujeres provenientes de los hogares de bajos ingresos (36.2%) era significativamente inferior al promedio (44.7%) y a la de aquellas de ingresos medios (48.3%) y altos (55.4%) (Gráfico 1a).

Sin embargo, la diferencia entre las tasas de participación de las mujeres según estratos de ingreso disminuyó significativamente en el período analizado. Ello debido a que la tasa de crecimiento anual de la PEA de las mujeres de los estratos de bajos ingresos (6.2%) es superior a las cifras observadas para los estratos medio (4.7%) y alto (3.9%). Esto último significa que el movimiento de entrada de las mujeres al mercado de trabajo fue significativamente más intenso entre las más pobres.

Este fenómeno no se verifica en el caso de los hombres: el crecimiento de la PEA es levemente superior entre los más pobres y no se observa ninguna diferencia significativa en lo que se refiere al aumento de las tasas de ocupación en los distintos estratos de ingreso.



grafico1a


grafico2a


2. La diferencia entre las tasas de desempleo de hombres y mujeres aumenta en los noventa

El incremento del empleo de las mujeres durante la presente década (4.1% anual), superior al de los hombres (2.6%), no fue suficiente para absorber la creciente oferta de mano de obra femenina. Por ello, la desocupación casi se duplica en el período. Además, también aumenta la brecha de desempleo entre hombres y mujeres. En 1990, la tasa de desempleo femenina era un 20% superior a la masculina, y en 1998 esa diferencia se eleva a 47% (Gráfico 2a).

En cuanto a la edad de las desocupadas, la tasa de desempleo de las mujeres jóvenes es más elevada que la de las adultas en todos los países latinoamericanos para los cuales se cuenta con información. Según un informe reciente de la CEPAL, la tasa de desempleo de las jóvenes más que duplica la del promedio de la fuerza de trabajo femenina en cinco países (Chile, Costa Rica, México, Paraguay y Uruguay) y son casi el doble en otros siete países (Brasil, Colombia, Ecuador, Honduras, Nicaragua, Panamá y Venezuela).

Sin embargo, en lo que se refiere a la relación entre la tasa de desempleo de las mujeres jóvenes y la de los hombres jóvenes (brecha de desempleo juvenil por sexo), se puede observar dos situaciones distintas. En un grupo de países, el problema del desempleo es más grave entre las jóvenes (Argentina, Chile, Honduras y Venezuela) y, en otro, ocurre lo contrario: las tasas de desempleo de los hombres jóvenes son relativamente más altas que las de las mujeres jóvenes (Brasil, Colombia, Costa Rica, Ecuador, Panamá y Uruguay).

Por otra parte, la tasa de desempleo de las mujeres en 1998 es superior a la de los hombres en todos los estratos de ingreso. En el caso de las mujeres pobres, el fuerte aumento de la tasa de actividad se refleja también en una tasa de desempleo alta (alcanzó a 19.2% en 1998). Esto significa que en América Latina, aproximadamente una de cada cinco mujeres pobres que desean y necesitan trabajar no lo pueden hacer, a pesar de que buscan activamente trabajo.

B. La estructura del empleo femenino

1. Las mujeres están sobrerepresentadas en el sector informal

La incidencia de las ocupaciones informales en el total del empleo femenino es superior a la registrada en el caso de los hombres. Esto indica que las mujeres están sobrerepresentadas en el sector informal: mientras la mitad (52.0%) de las ocupaciones femeninas son informales en 1998, esa cifra es de 45.0% en el caso de los hombres (Anexo Estadístico). Sin embargo, la diferencia entre la proporción de hombres y mujeres ocupados/as en el sector informal, que en 1990 era de 8 puntos de por ciento, cayó a 7 puntos de por ciento en 1998. Ello como resultado que de cada 100 nuevos empleos masculinos generados en el período, 70 son informales, alcanzando esa cifra a 54 en el caso de las mujeres (Gráfico 3a).

A su vez, la calidad del empleo de las mujeres al interior del sector informal es inferior a la de los hombres. Conforme a lo señalado en ediciones anteriores del Panorama Laboral, las microempresas constituyen el segmento en el que se pueden encontrar empleos de mejor calidad dentro del sector. En 1998, la proporción de hombres ocupados en la microempresa (19.6%) es significativamente superior a la de las mujeres (11.6%). Por otra parte, la proporción de los nuevos puestos de trabajo generados en las microempresas es significativamente inferior para las mujeres (14.6%) en comparación con los hombres (23.0%).

Por otro lado, el servicio doméstico (segmento del sector informal que cuenta con los niveles más bajos de remuneración y protección social) concentra un porcentaje bastante significativo de la ocupación femenina (16.0% del total) en 1998. La incidencia de esta categoría de ocupación aumentó entre 1990 y 1998, debido a que el servicio doméstico generó 22 de cada 100 de los nuevos empleos de mujeres entre 1990 y 1998 (Gráfico 3a).

2. Composición diferenciada del empleo sectorial femenino y masculino: el proceso de terciarización del empleo es más acentuado entre las mujeres

En 1998, más de la mitad (52.7%) del total del empleo femenino se concentra en el sector de servicios comunales, sociales y personales y casi un tercio (27.2%) en el comercio. Si a esto se suma el empleo femenino en los sectores financiero (4.0%) y de transporte y comunicaciones (1.7%), se alcanza la cifra de 85.6%, que corresponde al porcentaje agregado del empleo femenino en el sector terciario (Gráfico 4a). La industria manufacturera ocupa el 13.3% de las mujeres y en las demás ramas su participación es poco significativa. El sector terciario también concentra la mayoría de la ocupación masculina, aunque en una proporción menor que las mujeres. A su vez, la industria manufacturera y la construcción civil concentran un 20.1% y un 10.8% del empleo de los hombres, respectivamente.



grafico3a


Confirmando la tendencia a la terciarización del mercado de trabajo latinoamericano durante los noventa, señalada en ediciones anteriores del Panorama Laboral, la gran mayoría (82%) de los nuevos empleos creados en el período 1990-1998, corresponde al sector terciario, en especial a las ramas de servicios comunales, sociales y personales y de comercio. Sin embargo, la terciarización del empleo femenino es más marcada, ya que alcanza al 97% de los nuevos puestos de trabajo de las mujeres en el período (Gráfico 4a). Sólo el 3% de los nuevos empleos femeninos fueron generados en el sector de la producción de bienes (2.3% en la industria y la construcción y 0.7% en el sector de electricidad, gas y agua).

La distribución sectorial de los nuevos empleos masculinos es un poco más equilibrada que la de las mujeres (Gráfico 4a). En su caso, 3 de cada 4 nuevos puestos de trabajo de los hombres fueron generados por el sector terciario y 1 por el sector productor de bienes. En relación con este último, el sector de la construcción fue responsable por un 10% de los nuevos empleos, el de la industria por un 9% y el sector de electricidad, gas y agua por un 6% del total.



grafico4a


C. La diferencia de ingresos entre hombres y mujeres

La diferencia de ingresos entre hombres y mujeres es aún muy marcada, en especial en el sector informal, pero se ha reducido moderadamente en la década. Considerando el total de los ocupados, las mujeres ganan en promedio el 64.3% de lo que ganan los hombres. Esa proporción alcanza a 75% en el sector formal y a un poco más de la mitad (52%) en el sector informal.

Sin embargo, la brecha de ingresos entre hombres y mujeres jóvenes es inferior a la observada para el conjunto de ocupados en todos los países para los que se dispone de información.

1. El diferencial de ingresos según segmento ocupacional

Las mujeres tienen ingresos menores que los hombres en todos los segmentos del mercado laboral (Gráfico 5a). Si se comparan los ingresos medios de hombres y mujeres por segmento del empleo en 1998, medidos ambos en términos del salario de los hombres del sector formal, se observa que:

* Las mujeres ocupadas en el sector formal tienen un ingreso que alcanza al 74% del ingreso de los hombres en el mismo sector.

* La brecha de ingresos entre hombres y mujeres es mucho más pronunciada en el sector informal: ahí las mujeres perciben un poco más de la mitad (52%) de los ingresos masculinos. Al interior del sector informal, se observa que la mayor diferencia de ingresos promedios entre hombres y mujeres corresponde a los trabajadores por cuenta propia y familiares no remunerados.

* El ingreso promedio de los hombres ocupados en las microempresas equivale a un 69% del correspondiente a los trabajadores del sector formal, en tanto que esa cifra no alcanza a la mitad en el caso de las mujeres. En otros términos, el ingreso promedio de las mujeres ocupadas en las microempresas es equivalente al 71% del ingreso de los hombres en estos establecimientos.

* Si bien para los hombres el ingreso de los ocupados por cuenta propia corresponde al 61% del ingreso de los trabajadores del sector formal, para las mujeres esa cifra es cercana al 30%. Esto es, las ocupadas por cuenta propia informales tienen un ingreso cuyo nivel es inferior a la mitad (49.2%) del masculino en esta categoría ocupacional.

* El ingreso de las mujeres en el servicio doméstico (que concentra el 15.8% de las ocupadas en América Latina) corresponde a sólo el 23% del ingreso de los trabajadores del sector formal, en tanto que esa relación alcanza al 31% en el caso de los hombres en la misma ocupación. En otras palabras, el ingreso promedio del servicio doméstico femenino representa un 74.2% del masculino en este tipo de trabajo.

Por otra parte, el diferencial de ingresos entre las mujeres es mayor que el registrado entre los hombres (Anexo, Cuadro 4). En efecto, las ocupadas en el sector informal ganan menos de la mitad (44%) que las que trabajan en el sector formal, mientras que este porcentaje alcanza al 65% en el caso de los hombres. Estas diferencias se deben básicamente a la brecha de ingresos observada entre los trabajadores y las trabajadoras por cuenta propia. Efectivamente, mientras los ingresos de las ocupadas por cuenta propia corresponden a 41% de los ingresos de las trabajadoras en el sector formal, ese porcentaje alcanza a 61% en el caso de los hombres. Las diferencias son menos pronunciadas en el caso de la microempresa y del servicio doméstico (Anexo, Cuadros 3 y 4).

2. El diferencial de ingresos entre hombres y mujeres se reduce moderadamente en los noventa

El diferencial de ingresos entre mujeres y hombres disminuye en 4.3 puntos porcentuales entre 1990 y 1998. Si ellas ganaban en promedio un 60% de lo percibido por los hombres en 1990, ese porcentaje aumenta a 64.3% en 1998.

La disminución de la brecha de ingresos entre hombres y mujeres es más pronunciada en las ocupaciones informales (4.7 puntos porcentuales) que en las formales (3.1 puntos porcentuales) durante el período. Al interior de las ocupaciones informales, el diferencial de ingresos se reduce principalmente en la microempresa (6.2 puntos de por ciento) y en el servicio doméstico (5.8 puntos de por ciento). Esta reducción es menos pronunciada entre los trabajadores por cuenta propia y los familiares no remunerados (2.4 puntos de por ciento).



grafico5a


D. La incidencia del nivel educativo en las oportunidades de empleo para las mujeres

1. Aumenta la escolaridad de las mujeres en comparación con la de los hombres

Si bien el grado de escolaridad del conjunto de la fuerza de trabajo aumenta significativamente en los noventa, este aumento fue más intenso en el caso de las mujeres. Las que tienen mayor nivel educativo disponen de más y mejores oportunidades de empleo en comparación con las que tienen menos años de escolaridad (sus tasas de participación y de ocupación son significativamente mayores, así como lo es su presencia en las ocupaciones formales). Sin embargo, esa relación no se mantiene si se comparan hombres y mujeres: ellas necesitan un número de años de estudio significativamente mayor para acceder a las mismas oportunidades de empleo y condiciones de trabajo que los hombres.

2. Tasa de participación y nivel educativo

La tasa de participación de hombres y mujeres aumenta conforme lo hace su nivel de escolaridad. Sin embargo, para las mujeres, la incidencia de este factor es mucho más marcada que en el caso de los hombres: para la mujer, el tener más años de estudio amplía relativamente su disposición a insertarse en la actividad laboral (Anexo, Cuadro 5).

Según datos del año 1990, la brecha de participación entre hombres y mujeres era significativa en todos los niveles educativos, pero disminuía en la medida en que aumentaban los años de estudio. En efecto, la tasa de participación de las mujeres alcanzaba a menos de la mitad (43%) que la de los hombres, en el tramo de 0 a 5 años de escolaridad. Esa relación se eleva progresivamente hasta llegar al 79% en el tramo superior de educación (Anexo, Cuadro 5).

Las diferencias en el comportamiento de las tasas de actividad de hombres y mujeres por nivel de educación se evidencian en dos indicadores. Por un lado, en el primer tramo educativo (0 a 5 años de estudio), la participación de las mujeres es muy inferior a la de los hombres: ésta alcanza a 33.9% y la de los hombres a 67.3% en 1998. Por otro lado, el aumento de la tasa de participación de las mujeres entre el tramo inferior (0 a 5 años de estudio) y superior (13 y más años de estudio) alcanza a 38 puntos de por ciento y duplica a la observada entre los hombres (19 puntos de por ciento).

3. Desempleo y nivel educativo

Los datos de 1998 muestran que la tasa de desempleo de las mujeres es superior a la de los hombres en todos los tramos de educación (Anexo, Cuadro 6). A diferencia de lo observado en el comportamiento de la tasa de participación, no existe una relación clara entre el aumento del nivel de escolaridad y la reducción de la brecha de desempleo entre hombres y mujeres. La diferencia entre las tasas de desocupación es mayor en los tramos intermedios de educación (6 a 9 y 10 a 12 años de estudio), en los que la tasa de desempleo de las mujeres es aproximadamente un 60% superior a la de los hombres. La brecha de desempleo alcanza a 45% en el tramo superior de educación (estudios post secundarios) y se reduce a un 20% en el tramo inferior de educación (0 a 5 años).

Al contrario de lo que ocurre con la tasa de participación, la brecha de desempleo entre hombres y mujeres se agudiza en los noventa en todos los niveles educativos, con excepción del nivel superior.

4. Formalidad y nivel educativo

Existe una relación positiva entre la cantidad de años de estudio y las posibilidades de acceder a una ocupación formal, tanto para las mujeres como para los hombres. Sin embargo, se verifica aquí la existencia de una brecha muy significativa entre los sexos. La proporción de hombres ocupados en el sector formal es significativamente superior a la de las mujeres, aunque su nivel de escolaridad es menor. En otras palabras, las mujeres necesitan, en promedio, un número bastante superior de años de estudio para lograr insertarse en el sector formal.

El fenómeno mencionado se manifiesta entre los/as ocupados/as con hasta diez años de estudio (secundaria incompleta) y sólo empieza a cambiar a partir de ese nivel.

En efecto, en el tramo educativo de 0 a 5 años de estudio, un 39.7% de los hombres está ocupado en el sector formal (Gráfico 6a), alcanzando esa proporción a 20.4%, en el caso de las mujeres. La diferencia entre las tasas de ocupación de hombres y mujeres o brecha de formalidad alcanza a 20 puntos de por ciento en este nivel educativo (Anexo, Cuadro 7).



grafico6a


En el tramo educativo siguiente (6 a 9 años de estudio), la proporción de ocupados en el sector formal sube a 53% en el caso de los hombres y a 37% en el de las mujeres, lo que resulta en una brecha de formalidad de 16 puntos de por ciento. Esta diferencia se reduce a 2.2 puntos en el tramo de 10 a 12 años de estudio. La proporción de mujeres ocupadas en el sector formal sólo es superior a la de los hombres entre los/as que tienen estudios post secundarios. Esto muestra que el nivel de escolaridad es un factor de gran importancia para ampliar las posibilidades de acceder a un empleo formal, aunque el grado de exigencia para que ello ocurra es significativamente mayor para las mujeres que para los hombres.

El promedio de años de estudio de las mujeres ocupadas en el sector formal es significativamente superior al de los hombres, lo que evidencia una vez más que ellas necesitan tener mayores credenciales educativas para acceder a una ocupación en este sector. Según cálculos de la OIT, las mujeres ocupadas en el sector formal tienen, en promedio, once años de estudio y los hombres nueve. En cuanto a la distribución de los/as ocupados/as en el sector formal por años de estudio, se verifica que un 67% de las mujeres tienen diez y más años de estudio, y que solamente un 49% de los hombres tiene ese nivel educativo. Por otro lado, mientras la mitad de los hombres ocupados en el sector formal tiene menos de diez años de estudio, sólo un tercio de las mujeres tiene ese nivel de educación.

Finalmente, cabe señalar que el diferencial de años de estudio necesarios para que una mujer tenga acceso a una ocupación formal (la brecha de formalidad) prácticamente no se altera entre 1990-1998.

5. Ingresos según nivel educativo

La mayor educación no implica necesariamente que el ingreso promedio de las mujeres se aproxime al de los hombres. Al considerar la evolución del ingreso de los/as ocupados/as en los distintos niveles educativos, se observa que la brecha de ingresos entre hombres y mujeres disminuye moderadamente en la medida en que aumenta el nivel de escolaridad (hasta los 12 años de estudio). Según datos de 1998, los salarios de las mujeres corresponden a 55% del salario de los hombres, en el tramo de hasta cinco años de escolaridad. Esa proporción se eleva a 56.5% entre los/as que tienen de 10 a 12 años de estudio. A partir de ahí la brecha aumenta, en especial entre aquellos/as con 16 y más años de estudio. En este estrato, el salario de las mujeres equivale al 52% del correspondiente a los hombres.

El hecho de que la brecha salarial entre hombres y mujeres sea más pronunciada en los estratos superiores de educación, está relacionado con la segmentación ocupacional por género existente en el mercado de trabajo. Por un lado, aún es muy marcada la concentración de las mujeres con estudios post secundarios en determinadas ramas productivas y grupos ocupacionales en los que los salarios promedio son relativamente más bajos (como, por ejemplo, enfermeras y maestras de la enseñanza pre-escolar y básica). Por otro lado, las dificultades de las mujeres para ascender y ser promovidas en las carreras profesionales aún son significativamente mayores que las que afrontan los hombres. Si bien los salarios "de entrada" de los hombres y mujeres son relativamente equilibrados, ellos se van distanciando en la medida en que tienen más oportunidades de ascenso que ellas en la carrera profesional.

E. La brecha de protección social entre hombres y mujeres

Las mujeres están menos protegidas que los hombres en términos de seguridad social, pero esa diferencia se ha acortado en los noventa. El indicador utilizado para analizar la evolución de la protección de los trabajadores es el porcentaje de los/as asalariados/as que cotiza en algún sistema de seguridad social (no se consideraron los trabajadores por cuenta propia y familiares no remunerados).

1. Cobertura de la seguridad social según segmento del mercado laboral

El porcentaje de trabajadores desprotegidos (asalariados que no cuentan con ningún sistema de seguridad social) es muy superior en el sector informal en comparación con el formal. Según datos de 1998, la desprotección alcanza a 74% de los ocupados informales, la que se reduce a 22.8% en el caso de los ocupados en el sector formal (Anexo Estadístico).

Al considerar el grado de protección de los trabajadores por sexo para el año referido, se verifica que el porcentaje de mujeres protegidas en el sector formal (79.4%) es superior al de los hombres (75.5%). Esa relación se invierte en el empleo informal en el que el porcentaje de mujeres protegidas (25.1%) es inferior al de los hombres (28.1%).Esto indica que existe una mayor precarización del empleo femenino en comparación con el masculino, al interior del sector informal. Esto último se relaciona con la desprotección de las mujeres en el servicio doméstico, ya que en las microempresas el porcentaje de mujeres protegidas (36.7%) es superior al de los hombres (28.1%).



grafico7a


Por último, se destaca la gran desprotección de las mujeres que trabajan en el servicio doméstico: sólo un 16.2% cotiza en algún sistema de seguridad social. Cabe señalar que al servicio doméstico corresponde el 16.0% del total de la ocupación femenina en América Latina. Por su parte, la protección de los hombres en el servicio doméstico, aunque reducida (28.7%), es superior a la de las mujeres. Además, en el caso de los hombres, la desprotección afecta a un número mucho menor de trabajadores, ya que el servicio doméstico corresponde a un porcentaje muy reducido (0.6%) del empleo masculino.

2. Evolución de la protección social

Las cifras indican que el porcentaje agregado de trabajadores protegidos por algún sistema de seguridad social en la región se redujo de 66.6% en 1990 a 61.6% en 1998 (Anexo Estadístico). El porcentaje de mujeres que cotizan en 1990 en la seguridad social (65.1%), era inferior al de los hombres (68.4%) y continúa siendo inferior en 1998 (60.3% y 63.2% respectivamente). Esto indica que las mujeres estaban y siguen estando menos protegidas que los hombres. Asimismo, se destaca que el proceso de desprotección social observado durante la década afecta más a los hombres, en especial a los ocupados en el sector informal (Gráfico 7a).

F. Progreso laboral relativo de las mujeres en los noventa: convergencias y divergencias entre los países

Para analizar el progreso laboral de las mujeres se consideraron dos dimensiones. La primera, se refiere a los avances y retrocesos registrados por un grupo seleccionado de indicadores relacionados con la inserción de las mismas en el mercado de trabajo durante la presente década (progreso laboral absoluto). La segunda dimensión se refiere al aumento o disminución de las desigualdades entre hombres y mujeres en el período (progreso laboral relativo).

Los indicadores seleccionados se aplican a los mismos doce países mencionados previamente. Los correspondientes a la primera de las dimensiones señaladas son:

a) el aumento de las tasas de participación de las mujeres, en especial de las más pobres;

b) el aumento de la tasa de ocupación y la disminución de las tasas de desempleo;

c) la evolución de la calidad del empleo (si la informalidad aumenta, la calidad del empleo disminuye).

La segunda dimensión tiene por objetivo evaluar en qué medida han aumentado o disminuido las desigualdades de las mujeres y los hombres en el campo laboral. Para esto, se examina la evolución de las brechas relativas de participación, desempleo, ingresos, formalidad y protección social.

1. Evolución de la situación laboral de las mujeres durante los noventa

El deterioro del mercado de trabajo de América Latina en los noventa afectó por igual, aunque con diferente intensidad, a hombres y mujeres. La tasa de desempleo del conjunto de la fuerza de trabajo femenina de la región experimentó un fuerte aumento: casi se duplicó durante la presente década. Esta tendencia es bastante homogénea entre los doce países considerados: solamente en dos de ellos (Honduras y Panamá) la tasa de desempleo femenina se redujo. En los otros diez países, la tasa de desocupación de las mujeres aumentó y, en algunos de ellos, lo hizo en proporciones muy significativas: en Brasil se triplica y en Argentina casi se duplica. Por otro lado, la tasa de desempleo femenina es cercana o superior a 15% en cuatro países: Colombia, Ecuador, Panamá y Uruguay (Anexo, Cuadro 8).

El deterioro de la situación laboral de las mujeres se evidencia también en el aumento de la informalidad y la disminución de la protección social: ambos se manifiestan en ocho de los doce países considerados.

Sin embargo, se observa dos avances importantes. En primer lugar, la característica más evidente y común a todos los países es el significativo aumento de la tasa de participación de las mujeres. En 1990, la tasa de participación femenina varía desde un mínimo de 31.3% (Chile) hasta un máximo de 46.8% (Colombia). En 1998, el nivel mínimo se acerca al 40% en dos países (Chile y México); y en otros dos, la tasa de participación femenina supera el 50% (Perú y Colombia) y se sitúa entre un 40% y un 50% en los ocho países restantes (Anexo, Cuadro 8).



cuadro1a


En segundo lugar, disminuye la brecha de participación entre las mujeres pobres y las demás. Ello ocurre en ocho de los doce países considerados. Las excepciones son Honduras, Costa Rica, Colombia y Panamá. Sin embargo, incluso en estos países aumenta significativamente la tasa de participación de las mujeres más pobres. Según datos de 1998, la tasa de participación del segmento más pobre de la fuerza de trabajo femenina corresponde a aproximadamente un 90% de la tasa promedio de las mujeres, en tanto que en otros cinco países se acerca al 80% (Argentina, Brasil, Colombia, Ecuador y Venezuela).

2. Progreso laboral relativo de las mujeres en los países

Al analizar la evolución de las desigualdades de la situación laboral entre hombres y mujeres en los noventa en los países considerados (Cuadro 1a), las convergencias parecen ser más claras:

*Disminuye la diferencia entre la tasa de participación de hombres y mujeres en todos los países:

De acuerdo a los datos de 1990, la relación de las tasas de participación mujeres y hombres fluctuaban entre un nivel mínimo de 42% en el caso de Chile, hasta un nivel máximo de 60% en Colombia, Perú y Uruguay. En 1998, el nivel mínimo se eleva a 50% (Chile y México) y el nivel máximo a 70% en el caso de Colombia y Perú (Anexo, Cuadro 8).

* Disminuye el diferencial de ingresos en ocho países:

La brecha de ingresos disminuye moderadamente en la mayoría de los países en los noventa. Solamente en dos de ellos (Panamá y Venezuela) la brecha aumenta. Sin embargo, la desigualdad de ingresos entre hombres y mujeres disminuye significativamente en Honduras y Perú.

* La brecha de formalidad entre hombres y mujeres disminuye en siete países:

La relación entre el porcentaje de mujeres y de hombres ocupadas/os en el sector formal mejora, lo que refleja una disminución de la brecha de formalidad entre hombres y mujeres observada a comienzos de la década en siete países. Sin embargo, esta relación empeora en cuatro países (México, Perú, Panamá y Venezuela) y no se altera en Ecuador durante el período considerado.

La disminución de la brecha de formalidad fue muy moderada en Chile, Costa Rica y Uruguay, aunque fue significativa en Argentina y Honduras.

* Disminuye la diferencia de protección social de hombres y mujeres en cinco países:

La relación entre el porcentaje de mujeres y hombres que cuenta con algún sistema de seguridad social mejora en cinco países (Chile, Uruguay, Brasil, Argentina y Ecuador), no se altera en dos de ellos (Colombia y Venezuela) y empeora en otros tres países (México, Perú y Costa Rica). Esa mejoría, aunque moderada en Chile y Brasil, fue significativa en Uruguay y Ecuador.

* Aumenta la diferencia entre las tasas de desempleo de hombres y mujeres:

Sin duda, el aumento en las brechas de desempleo es el aspecto más negativo de la evolución de la situación laboral de las mujeres en comparación con la de los hombres en los noventa. En el promedio de la región, la tasa de desempleo de las mujeres casi se duplica en el período.

Sin embargo, esa no es una característica común a todos los países considerados. La brecha de desempleo aumenta en seis países (Brasil, Honduras, Perú, Costa Rica, Panamá y Venezuela) disminuye en cinco de ellos (Chile, Uruguay, México, Ecuador y Colombia) y no se altera en Argentina.


ANEXO




Para mayor información, diríjase a la Oficina Regional para las Américas: Las Flores 275, San Isidro, Lima - Perú. Tel: +51 1 615 0300. Fax: +51 1 615 0400. Correo Electrónico: oit@oit.org.pe
Agregar esta pagina a mis favoritos

Esta página fue creada por LG/RM y aprobada por AM. Ultima modificación: 30/05/01 11:35:06